Juan Ignacio Candia (2002) es un estudiante de arquitectura, diseñador de vestuario autodidacta y fundador de la marca pop disaster. Su interés transita entre la arquitectura, la filosofía, la sociología, la moda y la fotografía, explorando los vínculos entre el espacio y la identidad contemporánea.
Un discurso de paz, un micro trend. Un concepto nuevo, una polera vintage. Una foto con flash, un hombre de acero. Un café de especialidad, un diseñador de nicho. Una discusión familiar, una fiesta en que está todo mi Instagram.
Vivir esta época y construir una identidad en ella, hacerlo con sus luces, sombras y áreas grises, es un proceso que ocurre de modo no muy distinto a como se daba en otros momentos de la historia, pues lleva inserto en nuestra cabeza desde el inicio de los tiempos. Describiendo de forma muy somera, pero práctica –para efectos de llegar rápidamente al punto– se nos entrega una identidad desde que nacemos, y paulatinamente empezamos a ajustar lo que está a nuestro alcance a medida que ganamos conciencia de ésta y de lo que hay en nuestro entorno. A su vez, esto ocurre a la par de que adquirimos algo de autonomía, experiencias y, de manera consciente o no, nos contamos una historia sobre quiénes somos. Lo importante es saber que ese cuento, esa historia que todos los días nos narramos, nunca es del todo coherente ni lineal, pues la identidad se va construyendo a través de múltiples relatos que a veces hasta se contradicen entre sí.
Ahora bien, existen pequeños detalles que particularizan el proceso de forjar la identidad en el momento en que vivimos, y de hecho, esas pequeñas particularidades vuelven el proceso algo enormemente más complejo. Es evidente que en una medida importante uno de los factores que determinan la construcción de identidad en 2025 -y ya hace un rato igual-, es este proceso pasando por el filtro o la capa de las redes sociales; ya hasta suena cliché referirse a cómo median las relaciones interpersonales, o globalizan la cultura a un punto que casi la totaliza y vuelve plana y se ha hablado hasta el cansancio sobre los efectos de aquello, pero de todos modos pienso que hay cabida para preguntarse y rondar acerca del impacto de este fenómeno a una escala local, poniendo el foco en la escena creativa de este rincón del mundo.
Hoy, quizá más que nunca, es relativamente fácil identificarse como creador, cosa que podríamos entender a grandes rasgos como producir algo que un puñado de personas puedan consumir a nivel virtual o tangible, ya sea comprándolo, compartiéndolo o siguiéndolo de algún modo. Y así, tan simple como suena, ser llamado un creativo parece ser algo deseado por mucha gente, cada día más que el anterior. Tal vez por algo que, nuevamente y al igual que el proceso de forjar una identidad, está primitivamente dentro de nosotros; querer dejar una huella, una marca, o algún tipo de legado. Aparecer en esa foto de la que todos hablan, o mejor aún, haber tomado la foto y ser conocido por aquello. Al final del día es un juego en el que casi todos quieren participar, y en otras palabras es un atributo que todos quieren tener entre los gadgets de su identidad.
Y todo bien con eso, pues incluso resulta positivo, ya que en sí, lamentablemente en Chile, lo creativo se asocia con lo precario, entendiendo que, por ejemplo, es más probable que una gran corporación o marca apueste por colaborar o apoyar a un artista antes que una institución oficial, o que sea tan común ver que aquellos que tienen formación en el área cultural también tengan un trabajo en el retail, porque no hay un campo laboral claro que los acoja, si no estoy siendo demasiado optimista, que más gente se suba a este barco puede alejarlo de aquel lugar en el que está ya desde hace tiempo, o por último volverlo algo más rentable y amplio, si fuera por conformarse con algo.
Lo que no resuena de forma muy positiva en mí es haber visto que una parte considerable de dicha gente que salta al campo de la industria creativa lo hace dándole demasiada importancia a la imagen que va a proyectar ante el resto, queriendo hacer ese rasgo identitario algo muy evidente, por supuesto porque es moneda de cambio para la validación. Pues se siente como si pidieran a gritos que esa etiqueta se les asigne. Sin pretender hacer de esto un ataque personal, quisiera evidenciar que es precisamente consecuencia del rol preponderante de las redes sociales, que valoran más el aparentar que el valor de fondo que pueden llegar a tener las cosas.
Ya lo anunciaba el filósofo Jean Baudrillard cuando menciona en una obra ya emblemática titulada Simulacros y simulación (1981), que vivimos cada vez más en el mundo de lo “hiperreal”, donde la simulación adquiere mayor protagonismo que la realidad misma. “Vivimos en un mundo en el que hay más y más información, pero menos y menos significado”. Con lo cual pararse frente al resto e identificarse como creativo, puede ser tan simple y tan superficial como estampar una polera con un logo copiado de por ahí, que se parezca a algo que aún nadie vio en Pinterest, o en algún rincón más profundo de internet, todo para ser fácilmente aplaudido.
Y no estoy aquí haciendo una crítica a la originalidad, a pesar de que efectivamente existan en todos los campos y medios creativos un par de copiones descarados que deben pensar que la gente no tiene teléfono o que no se les conoce por aquello. Pues de hecho considero que es muy difícil lograr hacer algo completamente original a día de hoy con tanta información alrededor, y sobre todo desde un país cuya identidad fue subyugada.
Menciono esto ya que al observar el panorama actual en este sentido, no puedo sino pensar en Historia de las ideas y de la cultura en Chile, donde Bernardo Subercaseaux plantea una idea que resuena en mi cada vez que alguien del circuito nacional sale con algo, y es que sostiene que el plano estético chileno se divide en dos: por un lado, la apropiación (que sería tomar algo de referencia y adaptarlo al contexto local, lo que ya implica hacer una lectura de este, por mas que sea superficial) y por otra parte la reproducción (primero hacer Ctrl+c y luego Ctrl+V con una idea que se vió en el primer mundo o, para este caso, internet).
En un mundo globalizado, esto último tiende a potenciarse, y cierto es que al final el hilo negro que se inventa es bien poco, pero de todos modos dudo de verdad que el problema por parte de la gente sea cuan original y cuan creativa pueda llegar a ser. La capacidad aquí no está en discusión. En vez de eso diría que es la importancia que le dan a ser socialmente aceptados por fragmentos de su identidad que están muy forzados y se sienten poco auténticos, y además de eso, si es que realmente se dan el tiempo de hurgar en lo que se supone, les apasiona; de preguntarse quién lo hizo antes y cómo, y desde ahí cómo contribuir desde lo suyo. Es tener falta de obsesión pero muchas ganas de ser aplaudidos.
No dejaré de pensar que hay muchas cosas buenas que explotar e incluso enaltecer dentro de este angosto y largo pasillo entre el mar y la cordillera que, aunque ya colonizado, permanece ahí, aún por descubrir. Eso siempre y cuando deje de primar el deseo de proyectar un estilo de vida que dé cuenta de lo cool que se es individualmente.
Cuando Slavoj Žižek habla de cómo el cine nos enseña a desear y moldea nuestras expectativas y aspiraciones, al respecto de esta conversación se podría agregar a sus palabras que del mismo modo, la persona que se rodea de gente que ‘hace cosas’ ve lo que estos ‘hacen’ a través de su Instagram y más que decir algo de tipo ‘quiero esa vida’ trata de armar su propio cuento en torno a la idea de crear, buscando de vender una imagen que de qué hablar al respecto para reafirmar, que efectivamente merece la medalla de creativo.
Es fantasear con las luces, pero sin que se note el añoro por figurar, da igual si no fue por algo que venía tan de adentro que había que sacarlo y mostrarlo al mundo.
En definitiva, lo que en resumidas cuentas quiero decir es que a propósito de que tenemos la suerte de que en este momento, más que en cualquier otro hay información a la mano y tanta gente que se identifica como creativa, lo que ocurra en redes sociales y el culto a la personalidad -en este caso, del autor- no debería pesar más que el valor de fondo de lo creado, y menos aún de la oportunidad de crear comunidad. Ya sea por la calidad del oficio, por la profundidad de lo que cuenta, o cualquier cosa que no sea algo tan banal como pretender. Y al final, si la obra quedó buena le van a dar me gusta igual.