11-03-2026Santiago Ramos

Milan Fashion Week AW 2026 con Santiago Ramos

Bajo la mirada del fotógrafo y artista Santiago Ramos, observamos una recapitulación de su paso por MFW. Un cruce entre introspección, análisis, aprendizaje y un grado de disconformidad con la industria de la moda. Una serie de fotografías que bullen de curiosidad y de ruido se reúnen con su relato sobre las pasarelas de la capital de la moda.

Viajar por Europa como fotógrafo durante las semanas de la moda ha sido una experiencia profundamente enriquecedora. Un proceso lleno de aprendizajes, encuentros y oportunidades que me permitió observar de cerca una industria que durante mucho tiempo imaginé desde lejos. Estoy agradecido por la gente que he conocido, los espacios que he podido habitar y las posibilidades que aparecieron en el camino.

Trabajar dentro de estos circuitos fue particularmente significativo. La industria de la moda europea funciona a partir de dinámicas muy específicas: altos niveles de producción, redes creativas complejas y una visibilidad internacional constante. Trabajar junto a diseñadores, estilistas, modelos, makeup artists y otros fotógrafos me permitió entrar en espacios donde se concentra una enorme cantidad de energía creativa.

Sin embargo, estar aquí también me ha hecho pensar constantemente en Chile. Existe muchísimo talento allá, y muchas de esas personas podrían perfectamente estar ocupando estos mismos espacios. Muchas veces la diferencia no está en la calidad del trabajo, sino en las barreras que enfrentamos al venir desde contextos latinoamericanos: económicas, culturales, idiomáticas e incluso mentales.

Recuerdo que la primera temporada que estuve aquí me sentía mucho más inseguro. Dudaba si estaba al nivel o si realmente pertenecía a estos espacios. Con el tiempo me di cuenta de algo: podía rendir perfectamente dentro de estas dinámicas. Muchas de las barreras que percibía no eran necesariamente reales, sino culturales o internas.

Esa realización fue importante porque también me hizo pensar que muchos creativos latinoamericanos podrían habitar estos espacios. La industria no necesariamente está cerrada a nosotros. Muchas veces el espacio existe; lo que falta es tomarlo cuando se puede o cuando se presentan las oportunidades.

Al mismo tiempo, también fue interesante descubrir que así como hay muchísimo talento, también hay personas cuyo trabajo no necesariamente es excepcional. Eso rompe un poco la idea de que todos los que habitan estos circuitos tienen un nivel extraordinario. Incluso en contextos con una gran riqueza cultural, no todo el mundo cultiva esa sensibilidad.

Conversando con distintos creativos durante este viaje también me di cuenta de que muchas de las tensiones que vivimos en Latinoamérica: la precariedad, la presión por producir contenido y la dificultad de sostener prácticas artísticas, también existen en otras industrias culturales, incluso en lugares como Estados Unidos.

Dentro de esta experiencia, uno de los aspectos más importantes para mí fue la oportunidad de trabajar con 20S. Gracias a este espacio pude aproximarme a la moda desde una perspectiva más cercana al arte, sin la presión constante de producir contenido inmediato para cada desfile. Esa libertad me permitió observar desde otra distancia y construir una mirada más personal.

Esto me hizo pensar muchas veces que situaciones muy similares podrían ocurrir perfectamente en algún barrio de Santiago. La diferencia muchas veces no está en la calidad de las ideas o de las personas, sino en el contexto que las rodea: la ciudad, la historia de la industria y las redes de visibilidad que existen en ciertos lugares.

Al mismo tiempo, esta comparación también revela algunas debilidades dentro de la industria creativa chilena. Una de las más evidentes es la falta de educación cultural y respeto estructural hacia los procesos creativos. La mayoría de las veces los artistas son vistos principalmente como productores de contenido.

En Chile está muy instalada la idea de que no se puede vivir del arte. En contraste, en muchos contextos europeos, aunque tampoco abunda el dinero, sí existe una estructura que permite sostener prácticas creativas a largo plazo.

Eso no significa que el camino sea fácil. Las oportunidades pueden existir, pero siguen requiriendo trabajo, insistencia y movimiento. Viajar, equivocarse, construir redes y sostener una convicción personal sobre lo que uno quiere hacer.

También aparece constantemente una tensión cuando uno sale de Chile: la sensación de estar abandonando el lugar de origen. Existe el deseo de quedarse para aportar a la escena local. Pero también es importante reconocer que Chile es, en muchos sentidos, un país culturalmente interrumpido. La dictadura militar afectó profundamente los procesos culturales, debilitando redes, instituciones y continuidades artísticas.

Además, gran parte de nuestras referencias culturales provienen de contextos externos. La música, el arte, la moda y muchas de las formas de producción cultural que conocemos están profundamente influenciadas por industrias primermundistas.

Por eso creo que es importante viajar y entender cómo funcionan estos mercados, aprovechando cada oportunidad que aparezca. No necesariamente para abandonar el lugar de origen, sino para comprender mejor el sistema cultural en el que participamos. A partir de esa experiencia también podemos entender qué cosas valoramos de Chile y qué aspectos queremos transformar.

Quizás la tarea no sea simplemente quedarse o irse, sino moverse, aprender y luego devolver ese conocimiento a la comunidad. Generar redes, abrir puertas y construir espacios donde otros creativos también puedan participar.

Incluso dentro de ese proceso, es importante replantearse qué entendemos por éxito.

El éxito no es únicamente económico. Para mí, el éxito aparece cuando uno logra liberarse de ciertas ataduras mentales y culturales, y empieza a utilizar el lenguaje de su propio medio de manera realmente personal. Cuando el trabajo responde a la intuición propia y no solamente a expectativas externas.

Si somos capaces de trabajar de forma honesta y fiel a esa intuición, eventualmente las retribuciones aparecen, en gran parte porque nadie puede ser exactamente nosotros mismos. Es precisamente en esa búsqueda personal donde uno termina encontrando su lugar.

De una forma un poco paradójica, y a veces incluso un poco triste, el sistema también es capaz de absorber la creatividad más personal y transformarla en algo que pueda generar valor económico. Sin embargo, al mismo tiempo eso también puede permitirnos vivir de lo que hacemos, si es que ese es el camino que decidimos tomar.

Porque también es importante decirlo: vivir del arte o de la creatividad no necesariamente tiene que ser la meta de todas las personas. Puede haber quienes prefieran mantener su práctica creativa fuera de las lógicas del mercado, y eso es completamente válido.

Si el objetivo es vivir de la creatividad, probablemente el camino más sólido sea ser profundamente fiel a uno mismo. La alternativa suele ser adaptarse completamente a la visión de alguien más: una marca, una identidad o una lógica que no necesariamente responde a nuestra propia voz.

Y aunque ese camino también puede traer reconocimiento o estabilidad, difícilmente produce una sensación real de éxito.

Al final, el éxito más profundo probablemente no tiene que ver con la validación externa ni con los resultados económicos, sino con la posibilidad de construir una práctica creativa que sea propia.




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