Intentar catalogarlo es tan descabellado como las tareas que se propone hacer en su obra: capturar lo que no está ahí, viajar en el tiempo, construir sobre el vacío. Repartidas entre Quito, Santiago y el resto del mundo, las piezas de su práctica estuvieron siempre a su alcance: solo hacía falta darse el espacio para, por fin, trazar su propio mapa.
La conversación pasa del on al off the record en una misma frase. La música, de Sabrina Carpenter a lo último de Geese sin modificar la lista de reproducción. Es incapaz de hablar de “lo sublime” sin interrumpirse a sí mismo con risas, pero luego adopta un tono severo, casi exageradamente solemne, para referirse a las dificultades que atravesó durante “su primer retorno a Saturno”; es decir, al cumplir 27 años.
Y aunque es tentador remitirse a esos libros que no se juzgan por su portada, o insistir en cuán engañosas resultan las apariencias, limitar al artista Joshua Silva (1997) a ese tipo de lecturas no sólo sería vulgar, sino injusto. Cualquier etiqueta que cuelgue sobre su nombre dice menos de él que de quienes intentan imponerla. Silva ya encontró su cauce; lo demás es ruido.
Nacido y criado en Quito, Silva tiene plena conciencia y memoria de la primera vez que se sintió conmovido por una pieza artística. Apenas salió del colegio, realizó un voluntariado en Europa que le permitió “verse expuesto a un tipo de arte que, al menos en Ecuador, yo nunca vi; contemporáneo, bueno y puro”.
Recuerda con precisión la obra que, en sus propias palabras, le cambió la vida. “Fue en Londres, en una exposición en el Tate, pero no sé de quién era porque yo era súper hipster en esa época entonces no andaba con teléfono. No le tomé fotos ni nada”, relata. “Pero era una boleta, enmarcada, junto a una explicación que decía que el artista había ido al supermercado, había elegido puros objetos blancos y los había comprado. Político. Y yo dije, ‘mierda’. Porque lo entendí, me hizo sentido, me hizo el click. ‘Mierda, esto nunca lo había visto antes, no sabía que existía, ni siquiera sabía que se podía’”.
Una factura colgada en la pared de uno de los museos más prestigiosos del mundo encarna quizás todas las pesadillas de los detractores del arte contemporáneo pero, para Silva, las consecuencias fueron cataclísmicas. “Volví de Inglaterra enamorado, deseché todos mis planes y fue como: ¿y ahora qué?”, cuenta.
Comenzó a investigar escuelas de arte en Latinoamérica y, a través de un proceso de admisión especial, pudo matricularse en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Solo, llegó a vivir al país en 2017. “Cuando entré a la carrera, el primer día hicieron un grupo de WhatsApp, y una persona mandó un dibujo híper realista a cagar, pero así heavy, de Wolverine. Venas, poros”, describe Silva, y hace la mímica de estar tecleando en un celular. “Su mensaje decía algo así como ‘Hoy salió la película Logan, me gustó mucho, se las recomiendo’. Y yo dije, ‘cagué’. O sea, si esta persona es capaz de hacer esto en un solo día, cagué”, dice riendo. “Yo no puedo dibujar así. Por suerte mi interés siempre fue el arte contemporáneo; yo no entré a la carrera a pintar, nunca agarré un pincel”.
Rememora con una mezcla de orgullo y autocompasión la prueba de ingreso a la PUC. “Te sientan en un círculo con una silla al medio y te dicen, ‘ya, dibujen’. Y yo dibujé un pie. ¡Una pata! Porque tenía mi silla dibujada, vi lo que estaba haciendo el de al lado, y dije ‘a la mierda’. Y la boté. Dibujé un pie, y se acabó el tiempo. ¡Habíamos estado ahí una hora entera!”. Según él, lo que lo salvó fue la entrevista posterior. Llegó con las manos vacías y le preguntaron por su portafolio. “Pero si eso vengo a hacer acá”, le respondió al comité con su bravura usual; disfraz y confesión por partes iguales.
I. SILENCIO (EL JUEGO DE LO QUE NO SE DICE)
Ni Wolverines ni sillas. Una vez egresado, su primera exposición en solitario, titulada “Cómo triunfar sin dar un golpe” (Espacio Vilches, 2023) consistió en una serie de cinco esculturas que, provenientes del imaginario deportivo, se balanceaban en el límite entre el juego y las armas.
Una pelota de fútbol con pinchos metálicos, un par de raquetas de tenis hechas con alambre de púas, un balón de básquetbol que, al estar cubierto de puntas afiladas, se encuentra atrapada a medio camino en la red del aro. Los objetos de Silva tratan la agresión, sí, pero su despropósito hace difícil verlos como una amenaza. La muestra posee una gracia inexplicable, como un chiste evidente que nadie se atreve a decir en voz alta.
En ese entonces, definió el tema central de su trabajo como la violencia implícita, algo que venía explorando desde su último año en la escuela: “En las visitas guiadas de esa época hablaba del bullying, que te digan maricón porque no te gusta el fútbol, hasta del niño que decide cuándo se acaba el partido porque es dueño de la pelota y se aburrió”, explica el artista.
Ahora, sin embargo, en retrospectiva, entiende que su atención no estaba en los golpes ni las heridas, sino en el silencio que las rodea. “Pero no son los objetos que nos hablan, sino el silencio, repito. No son las pelotas, sino el miedo a la mirada del otro en el camarín del colegio. No son las argollas olímpicas, sino la somnolencia de un niño que en la madrugada se levanta para ver correr a Bolt. No son los arcos, sino el agüita de manzanilla en la enfermería, mientras sangra la rodilla”, escribió Antonio Echeverría en el texto curatorial. Todas esas púas y elementos cortopunzantes no eran más que una distracción: el verdadero objeto de estudio de Silva no se encontraba presente de forma física en la sala, pero su presencia –o falta de ella– se hacía protagonista.
II. MIGRACIÓN (CUERPOS INVISIBLES)
En sus obras siguientes, a través de la pintura con aerógrafo, comenzó a retratar sujetos y criaturas como observados a través de una cámara térmica. “Temporada de caza” fue la primera, y la que le valió el premio a la Innovación Artística de la Gobernación de Santiago en el marco de la Feria Ch.ACO 2025.
“Una vez, en Londres, estaba en la calle y, de la nada, de unas bolsas de basura, salta un zorro. Yo nunca había visto uno fuera del zoológico y me cagué de miedo”, cuenta Silva sonriendo. “Pero lo que me hizo pico es que, en mi cabeza, el zorro me iba a gruñir, y en realidad salió corriendo, muerto de miedo de mí. Años después empecé a pensar en cómo el zorro se pinta como este animal salvaje, que entra al gallinero con el hocico lleno de sangre, pero es también el animal que entra cagado de miedo a una ciudad a comer basura. En ese momento dije, ‘eso es el inmigrante; está percibido como una amenaza, un depredador, y al mismo tiempo debe esconderse y enfrentarse a la incertidumbre. Es ambas, presa y cazador’”.
“Las cosas se dicen de frente”, realizada con la misma técnica, persigue esa duplicidad. Presenta a un hombre orinando en la vía pública, “un acto vandálico, sí, pero que igual está de espaldas, lo que de todas formas, estés donde estés, te hace vulnerable”.
Pero el aspecto más significativo de estas obras no son las figuras ni las situaciones que exhiben, sino la visualidad que el artista elige para representarlas. “La visión térmica es muy bacán porque muestra lo invisible, esas características físicas que no podemos ver. Por el calor puedo ver qué tanto te has movido, qué has hecho, dónde has estado. Te puedo pillar”, señala. Una vez más, lo que Silva pretende capturar no son los cuerpos en sí mismos, sino su omisión: “Cuando pasas por una esquina y hay un hueón meando, es asqueroso. Pero cuando pasas por esa esquina y sólo te llega el olor… ¡Es peor! Ahora ese hueón está adentro mío”.
Su siguiente muestra individual, “Quedarse sin estar del todo” (CEDE, 2024), profundiza más aún en esa lógica. Armado nuevamente con el aerógrafo, pero esta vez acompañado del soplete y en superficies de acero, el artista utiliza la visión térmica “para rescatar las estelas de remanencia humana que laten desapercibidas por el espacio”, como indicó Martín López en esa ocasión. “Pero todos los sitios de reposo son provisorios. Partimos de un lado a otro, nos despedimos, algo dejamos, algo nos llevamos, y no estamos ni aquí ni allá, hechos pedazos, con la esperanza de que al menos así puedan llevarnos consigo”. A Silva no le interesa revelar cuerpos, mucho menos delatarlos; lo que busca es, simplemente, probar que estuvieron allí.
III. AUSENCIA (SIEMPRE ESTUVO AQUÍ)
Es fácil vislumbrar todas las piezas del rompecabezas una vez que ya está armado. En el caso de Joshua Silva, tuvo que viajar hasta Colombia, donde participó de la residencia Virreina, para trazar –literalmente– el mapa que llevaba años construyendo en su práctica.
Llegó a Bogotá sin un proyecto en mente, pero con una adición reciente a su arsenal. “Estaba súper atraído con la idea de lo difuso, de no dejar ver”, explica. “Tenía muchas ganas de simular un vidrio empañado”. Tras un largo proceso de prueba y error, finalmente había descubierto la mezcla química que, en base a cuatro componentes, le permitía recrear el efecto del rocío sobre cualquier superficie, pero sin peligro de evaporación. Por fin, había encontrado la manera de hacer permanente algo efímero.
Inspirado por el caos de las calles colombianas, rebosantes de motocicletas y conductores imprudentes, recordó un episodio de la infancia. “Hace mucho tiempo me pasó estar en un semáforo y pasó un Rappi, con esas motos inventadas que tienen. Un auto pasó por el lado y apenas lo tocó. Listo: la moto se desarmó entera”, recuerda gesticulando. “El dueño miró los restos en el suelo y se fue como si nada. Y yo dije: ‘hueón, yo llegaba dos minutos después, veía esta escena y decía: ‘Acá murió alguien’. Un guante y la mitad de la moto en el piso… ¡Eso es lo interesante! Qué aburrido ver todo. Vivimos en una sociedad del control: queremos ver todo, saber todo. Yo actúo en contra de la naturaleza humana; prefiero no saber las cosas, prefiero imaginarlas”.
En sus últimas creaciones, busca reconstruir la memoria de los desechos que recolecta. “Cuando un astrónomo observa un planeta que está a diez mil años luz a través de un telescopio, lo que está viendo en realidad es su pasado: la luz que recibe hoy salió de ahí hace diez mil años”, explica. “Está viajando en el tiempo. Entre ese planeta y el observador hay una distancia que obliga a comprenderlo no por su presencia actual, sino por lo que dejó atrás. Puede que ese planeta ya no exista, que haya explotado, pero no lo sabemos con certeza. Es solo a través del vacío que logramos elucubrar qué fue de él, inferir qué le pasó”.
“Lo que estoy haciendo con estos objetos”, continúa, “es eso. Tengo este casco de bicicleta roto, este pedazo de auto, y tengo ese vacío. Lo interesante, lo divertido, es usar ese espacio, ese vacío, para imaginarnos qué historia tienen detrás”.
El empañado eterno, con su delicadeza enternecedora, es una forma de adornar el vacío, pero también una herramienta para preservar aquello destinado a desaparecer, como el corazón que alguien dibujó con el dedo en la condensación de una ventana. “No estaba viendo el panorama completo”, exclama Silva con alivio. “Migración, violencia… Ahora sé que todo es ausencia. “Cuando tu pareja se levanta de la cama y queda ese espacio caliente, es potente. Cuando te sientas en un inodoro público y está caliente, es como que te estuvieras sentando arriba de otra persona. Hacer un corazón en la ventana de la micro toda sopeada para que lo vea alguien incluso después de que tú ya te hayas bajado… Ese es el poder de la ausencia”.
20S: Juego versus arma, presa versus cazador, permanencia versus ausencia. ¿Te das cuenta de que trabajas mucho con los contrastes, las contradicciones?
JOSHUA SILVA: El oxymoron… [en tono sarcástico]. No me había dado cuenta hasta este año, que empecé a organizar mis ideas. Igual, ahora que lo dices, creo que en mi tesis hablo de la ironía, y la ironía es eso, una contradicción. Qué irónico el cenicero que dice “no fumar”, etcétera.
20S: ¿Qué crees que es lo que te atrae de eso?
JS: Soy una persona divertida. ¡Es verdad! No quiero hacer una obra que sea demasiado seria. Qué fome ser un orco. Qué aburrido, yo me quiero divertir. Hay que tomarse el arte en serio pero tiene que motivarte lo que estás haciendo. Y, al menos para mí, sería muy fome hacer algo que sea absolutamente y 100% serio. Me gusta que dentro de lo serio exista algo más irónico, no necesariamente cómico.
Silva dice que, después de mucho tiempo, llega feliz a trabajar en su taller. Que se queda hasta tarde porque se la pasa todo el día probando, construyendo. Levanta el ejemplar verde del Tao que descansa sobre su escritorio y, hojeándolo, señala que le ha traído un aprendizaje fundamental. “Me enseñó a no nadar contra la corriente”, sentencia.
Irónico, tratándose de un artista que erige sobre el vacío y busca encapsular lo ausente. Pero claro, Joshua Silva solo quiere divertirse.