María Cardoen Weinstein (2001) es santiaguina, socióloga y cofundadora de la comunidad curatorial @MotivosModernos. Sus trabajos e intereses transitan entre la literatura, los espacios culturales y la moda. Actualmente trabaja para Louis Vuitton y reside en Bruselas.
Personalmente siempre le he tenido fobia al mainstream. Tomando fobia desde una perspectiva figurativa pop, encuentro patrones en la formación de mi personalidad que rebotan con lo que estaba de moda, o eso creía. ¿Es auténtico tomar la decisión de diferenciarse del resto? ¿Sí y no?
El mainstream es lo que te imaginaste cuando lo leíste, es la película de Barbie, es la chaqueta viral de Zara, son las sambas de Adidas, son las UGG’s en 2012 y es el polerón de Perry un poco después. Es Justin Bieber en 2010 y los FURBY, es Game of Thrones. Es Harlem Shake. Michael Jackson y Madonna. Es Friends y Harry Potter. Es el Diario de una pasión (película y libro). Es la Coca Cola, es Taylor Swift y también es Nirvana.Es la mona lisa. Es lo conocido; que por su trayectoria y marketing se ha masificado al punto de ser reconocible y socialmente aceptable.
De hecho fui y soy fan de muchas de estas cosas, pero en mis años preadolescentes entendí que también era cool que no te gustaran tanto. En mi búsqueda de identidad y curiosidad por la moda surgió el deseo de mostrar que tenía un gusto que se diferenciaba. Vestirme se convirtió en una herramienta identitaria que me servía como entrada, pero también como escudo, así soy.
Algunos años sin algoritmo después, esa intuición encontró un marco teórico. La socióloga británica Sarah Thornton, en “Club Cultures” (1995), propone el concepto de capital subcultural para explicar por qué, en ciertos contextos, el valor de algo no está en su calidad ni en su acceso económico, sino en su rareza. Conocer, vestir o escuchar algo que todavía no ha sido absorbido por la masa se convierte en una forma de prestigio.
Nuestro gusto siempre está condicionado por nuestra posición social y cultural como propuso Pierre Bourdieu en “La distinción” (1979), pero la propuesta de Thornton añade una capa de complejidad, ya que las acciones de otros entran en la ecuación de algo que no se construye sólo desde la estructura social, sino también desde la interacción y el reconocimiento mutuo. El gusto deja de ser una preferencia íntima y se convierte en una forma de conocimiento, y conocimiento que genera estatus. Funciona como una moneda simbólica, que cuando se masifica pierde su capacidad de diferenciarnos y por tanto su valor.
Si son obras, objetos o artistas tan famosos, algo tienen que haber hecho bien, entonces ¿por qué nos generan rechazo?
Desde mi interés por la lexicología -rama de la lingüística que estudia, entre otras cosas, el origen de las palabras- volví al mito de Narciso y resulta que Narciso no muere por amor propio, sino por no reconocer que lo que tiene al frente es, sólo, su propio reflejo. La palabra abarca la mitología, pero también la botánica, al ser el Narke un género de plantas conocido por sus propiedades sedantes en algunas de sus especies. En el mito, Narciso está anestesiado por un reflejo de la realidad, ciego por el anhelo de lo que no puede acceder. ¿Suena familiar?
Hay algo hipnótico en el deseo y la búsqueda de lo que nos falta –ese trabajo, ese clóset, esa vida– y bien se ha hecho cargo el sector productivo de vender aspiración y si no, fabricarla.
El mainstream es una respuesta masiva a esta aspiración y nos devuelve una imagen de algo masticado que revela una esquina de lo que estamos viviendo socialmente. No le quita (necesariamente) calidad al producto, pero la relación deja de ser de dos y empieza a ser de tres; el producto, la masa y yo.
Pero entonces, ¿qué tan distinto es rechazarlo sistemáticamente? ¿No es también una forma de permanecer orbitando ese mismo reflejo? Otra de las píldoras de nuestra generación es la autoconciencia, conectamos con otros en relación al espacio que creemos que ocupamos en distintos escenarios, y en nuestra realidad híbrida (internet/realidad) lo que está de moda es omnipresente.
Las referencias de moda siempre han existido, pero hoy son algorítmicas y vienen acompañadas de estilos o aesthetics -concepto que en nuestra generación pasó de sustantivo a adjetivo- que nos encasillan en grupos sin contenido, pero que (obviamente) son súper marketeables. Se tiende a comparar entre subculturas y trends pero no son equivalentes.
Muchas de las subculturas -punk, grunge, ballroom, hipster- comienzan como un movimiento reaccionario a las condiciones políticas, sociales y económicas de la época en la que se desarrollan, por lo tanto su contenido se aleja de ser puramente estético, sino que al contrario, lo estético es solo la punta del iceberg. En contraste, las diferentes estéticas que se presentan hoy en internet y en la calle parecen formarse de afuera (y si es que) hacia adentro.
Algo así explicaría Bell Hooks en su ensayo “Eating the other: desire and resistance” (1992); "la mercantilización neutraliza los símbolos políticos". Esta es la razón del vacío con el que se sienten distintas subculturas hoy, y es que hay una transacción de por medio sin el intercambio cultural.
¿Te dejó de gustar Charli XCX cuando lanzó BRAT? ¿Tienes tus sambas en el fondo del clóset desde que las empezaste a ver en almuerzos familiares? Me encontré interpelada por este tipo de preguntas muchas veces y encontré natural este rechazo a lo mainstream como una respuesta casi automática a la homogeneización. Sin embargo, también me hizo cuestionarme el espacio que le doy a mi ambiente para dictar lo que me gusta o no, al menos conscientemente.
Si mis opiniones se moldean en relación al rechazo de la moda de turno, voy a estar construyendo una identidad que siempre va a depender de otros. Entiendo la complicidad de disfrutar de algo cuando nadie más lo hace, lo íntimo de ese vínculo y la frustración cuando el resto del mundo lo descubre. Pero lo que se revela ahí es la dependencia que tiene mi identidad a la diferenciación como piedra angular de mi personalidad, y por tanto las cosas que me definen dejan de ser parte de mí muy rápido.
Hoy mi prioridad al vestirme todos los días no se rige por la diferenciación, sino que por el instinto que construí en la época en que diferenciarme era importante. Me gusta armar un modelo en mi cabeza, una maqueta de lo que imagino para esa salida de amigas. El contexto es clave, es todo; pienso en el clima, si vamos a estar paradas (por fa no), si es de noche, si tengo que caminar, si hay guardarropía, si vamos a bailar. Además de factores prácticos, tengo mi propia lógica interna; es como si, cada vez que preparo un outfit, abriera una caja de recuerdos y evocara todo lo que conozco de esa situación; olores y conversaciones que me ayudan a hacerme una idea de lo que voy a usar.
Rechazar el mainstream también es estar definido por él, lo que me recuerda que mis elecciones, mis gustos y hasta mis rechazos no existen en el vacío si no que se construyen en relación a mis experiencias, la gente que me rodea y lo que otros consumen.
Como Narciso me busco en el espejo más de lo necesario, pero no planeo morir en la ignorancia; mis gustos no cambian cuando algo se pone de moda porque mi identidad no se limita a lo que otros pueden ver, y siempre quiero ser más interesante que mi outfit.