Martina Cabello (2003) es una fotógrafa, cantante y estudiante de diseño chilena. A los diecisiete ganó una beca de Fotografía de Moda en FotoDesign. Ha publicado en revistas digitales como Galio y físicas como Vanguard Magazine. Su obra ha sido expuesta en espacios como CULTO y el Festival de Fotografía Editorial de CityLab Global, en que ganó la categoría “Mejor Dirección de Arte”.
20S: ¿En qué momento de tus veinte sientes que fracasaste y qué aprendiste de ello?
Una vez se me quedó la cámara, y eso lo encuentro genial. Nadie puede ser fotógrafo y dejar su herramienta de trabajo olvidada, pero fue divertido. Justo tenían otra y pude reemplazarla, así que no fue tan dramático. En verdad, no fue nada importante.
Fuera de eso, que siento que no es tan relevante, lo que más he aprendido —y no sé si lo tomo como un fracaso— es que el año pasado empecé a tener muchas pegas y proyectos. Yo soy muy perfeccionista y me gusta entregar lo máximo de mí, así que empecé a aceptar y aceptar, hasta que claramente el tiempo ya no me daba. Estaba trasnochando y empecé a dejar de lado mi tiempo personal; estaba demasiado consumida por el trabajo. Además, estudio, entonces estaba viviendo un nivel de estrés altísimo.
Le estaba dando el cien por ciento a muchos proyectos, trabajando en distintas cosas, sumando los de la universidad, asistir a producciones, estar con mi familia… uno no puede abarcar todo.
Cuando estuve asistiendo al fotógrafo Tomás Reid, él tenía producciones enormes para retail. Salíamos muy temprano, y yo pensaba: “La cagó lo intenso que es esto”. Llevaba diez días seguidos saliendo a las cinco de la mañana y terminando de noche, y me preguntaba: “¿Cómo lo hace?”. Ese fue un punto de referencia que me marcó mucho. Además, él meditaba siempre antes de empezar. Me decía: “Es súper simple, medita media hora antes y listo. Yo siempre parto mi día meditando”.
Ahí empecé a interesarme más por la meditación, por conectar, por estar presente. Y de verdad siento que uno tiene que esforzarse en eso, sobre todo en el mundo en que vivimos. Pero todas esas cosas son tan importantes, y las conecto mucho con la fotografía, que muchas veces puede ser muy poco cercana, muy artificial. Yo necesito crear algo más real y auténtico, con lo que uno pueda conectar, algo que deje una sensación de satisfacción.
Siempre he sido una persona muy observadora. Me gusta detenerme, mirar las cosas, no hacerlas rápido. Me gusta pensar en un concepto, en una narrativa. No me siento cómoda solo yendo a sacar una foto; también me gusta ser parte del proceso. Y sentía que estaba dejando eso demasiado de lado, abarcando tantos proyectos y tantas cosas a la vez: la universidad, el trabajo, todo. Ese fue mi mayor aprendizaje.
Ahora siento que me gusta aceptar solo lo que realmente puedo, conectar, dejar el celular de lado, conversar con la gente con la que estoy trabajando. Estar ahí, viviendo el momento, sin perder esa observación, tomándome el tiempo. Me gusta dar a cada proyecto su espacio, su ritmo.
Más que nada, he aprendido a no abarcar tanto, porque si no, uno empieza a tener la cabeza en mil cosas, menos en el proyecto mismo. Al final, siento que lo más valioso es el tiempo, que era justo lo que me estaba quitando el querer hacerlo todo. El tiempo, el presente, el conectar con el lugar y con la gente con la que uno trabaja: eso es lo más importante, y también lo que te permite tener la foto que realmente quieres.
Vivir el presente te hace estar más atenta a los detalles, captar más con lo que tienes, con lo que estás viviendo en ese momento. Así siento que debe ser la fotografía: dejar un poco de lado esa idea rígida de “tiene que ser así”. Me gusta mucho la espontaneidad, y siento que he aprendido a abrazarla. A veces la puedo perder si no estoy conectada, si estoy pensando en otras cosas, pero cuando logro estar presente, es cuando realmente disfruto y creo las imágenes que quiero.