01-06-202620S

Isidora Cáceres (1995) es una fotógrafa chilena radicada en Madrid. Su trabajo transita entre el retrato y la exploración visual de la memoria, abordando temas como el cuerpo, el deseo y la nostalgia. Ha publicado en medios internacionales como Lula Japan, Neomen y Folie Magazine, y ha exhibido su obra en espacios como Galería Nueva Las Letras, Galería Origen y Citylab Global. Su práctica combina una sensibilidad íntima con un enfoque contemporáneo hacia la escritura, la luz y el color.

20S: ¿En qué momento de tus veinte sientes que fracasaste y qué aprendiste de ello?

Yo creo que mi mayor fracaso fue más bien una cadena de fracasos que me llevaron a un punto de sentirme perdida en un lugar muy negro, muy oscuro, sin saber hacia dónde moverme, qué hacer, nada. Me sentía estática, y eso, como fracasada.

Ahora miro en retrospectiva todo y no lo veo como un fracaso, más bien como un aprendizaje.

Me encontré con la fotografía hace tres años, aproximadamente, y encontrarme con ella, con el arte y con mi sensibilidad —llegar a estar haciendo lo que estoy haciendo ahora, que me tiene muy emocionada— tomó mucho tiempo. Muchos años, la mayoría de mis veintes, de hecho. Porque antes tenía una vida completamente distinta.

Soy nutricionista. No ejerzo, pero sí, lo soy. Entonces construí una vida alrededor de varias cosas, como esta carrera más tradicional, el tener una pareja —tenía un novio de cuatro años—, una perra, ciertos grupos de amigos, me movía en ciertos círculos. Tenía todo esto armado, como un camino ya un poco determinado.

Llegó un punto en que dije: “¿Qué estoy haciendo? Esta vida no es mía”. Y desarmé todo. Primero terminé esa relación; ahí empecé a revisarme a mí misma, a lo que estaba construyendo, a lo que le daba energía y tiempo. Me di cuenta de que no quería ser nutricionista, o al menos no ejercer la nutrición. Bueno, ya lo intuía, pero ese fue el punto en que dije: “Mierda, no. No puedo con esto. No quiero esto”.

Tampoco sabía qué quería. Solo sabía lo que no quería. Entonces empecé a eliminar de mi vida todas esas cosas, a quemarlo todo, básicamente. Y ahí me encontré en este punto que te digo, de negritud, cero claridad, mucha desesperanza y mucho miedo. O sea, yo estaba cagada de miedo de elegir algo y cagarla de nuevo.

De hecho, antes de estudiar nutrición estudié comercial dos años; quise estudiar diseño y luego elegí esta carrera, que en un punto —como en la mitad— ya sabía que no quería ejercer, pero bueno, la terminé igual. Entonces volver a cambiar de rumbo era terrorífico. Tampoco sabía hacia dónde, porque me había dedicado a cosas que no me movían, que no me hacían sentir viva.

Y, llegado a este punto, empecé a explorar distintas cosas y me puse a hacer collage. Muy lindo, porque parte de la base de que no existe el error como tal, y que todo es un poco un juego, que se va descifrando a medida que avanzas. Así lo empecé a abordar yo: con menos presión que otras formas artísticas.

De ahí me encontré con la foto, porque quería hacer collage con fotos tomadas por mí. Me compré una cámara y, bueno, ahí empieza este camino completamente nuevo de conectar con mi sensibilidad, mi instinto, mi placer, lo que me gusta a mí, y no tanto con la cabeza, lo racional, los “deberías”, los mandatos sociales o familiares, o los autoimpuestos, de todo un poco.

Me he encontrado con gente muy linda que me ha empujado un poquito más allá, que me ha enseñado a mirar y a expresarme —cosas que antes no hacía—, y también me ha ayudado a construir una confianza en mí misma que antes no tenía. Aprendí a abrazar un poco el vacío y el no saber, y a verlo más como un canvas en blanco, como una nueva oportunidad y un espacio para que crezcan cosas nuevas y distintas. Creo que esto también me ha llevado a no vivir tanto en la rigidez. A veces uno toma decisiones y cree que son eternas, que cuesta moverse del lugar en que uno está. Pero eso: nada es tan rígido. O al menos eso es lo que yo he aprendido.

Obviamente tuve mucho apoyo de familia y amigos, en todo sentido, para realmente hacer este cambio de vida. Pero es que valió completamente la pena. Lo que en un minuto para mí fue un fracaso enorme —esto de quemar todo y sentir que todo lo que había hecho hasta ese punto no valía nada o no servía— pasó a ser la mejor decisión de mi vida: dejar todo atrás y empezar de nuevo desde una mirada y un punto de vista completamente distintos.

Igual no sabes la cantidad de veces, en este camino, que me dije: “Pero, Isidora, ¿por qué no puedes ser esa loca que le gustó comercial, terminar la carrera y tener algo más estable o más conocido quizás? ¿Por qué no puedes querer esa vida que querías?”. Y después decía: “¿Por qué tienes que querer más?”.

Al final me di cuenta de que no tenía ningún sentido llorar sobre la leche derramada, básicamente. Y empecé a mirar hacia adelante y a decir: “Ok, todo esto me llevó aquí. ¿Qué quiero hacer con esto?”.




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