La manera en que un fotógrafo habla de su obra tiene mucho que ver con qué quiere contar a través de ella. Choko Latin (28), oriunda de Santa Inés en la ciudad jardín, se refiere a su fotografía como registros. Es por ello que su trabajo busca mostrar eventos que aparecen por casualidad en medio de su camino.
Su lenguaje visual busca construir narrativas en que aparezca todo aquello que no tiende a mostrarse, o aquello que ha quedado en los márgenes de la historia; las infancias, las cicatrices, las marginalidades, las disidencias y la tercera edad son solo algunos de sus sujetos de interés. La fotógrafa ha encontrado en ellos un territorio fértil donde su obra dialoga con quienes suelen quedar fuera de la sociedad.
La manera en que su trabajo se fue expandiendo se relaciona directamente con su vínculo íntimo con la documentación a distintos artistas de la industria musical, el universo fotográfico que ha creado y que pretende seguir construyendo va mucho más allá.
Durante toda su vida, su objetivo fue dedicarse a la danza, pero el fallecimiento de su abuela (la nona, como le dice ella), le hizo darse cuenta de que contaba con abundantes –y, a la vez, carentes– registros de su familia hasta que apareció la digitalización. Una vez que se popularizaron las cámaras digitales o los smartphones, los retratos a los distintos integrantes de su núcleo familiar desaparecían poco a poco. Los álbumes de foto dejaron de ser elaborados y el recuerdo de un almuerzo familiar, una primavera completa o unas vacaciones en 24 o 36 fotos, pasaron a ser cientos de ráfagas en algún espacio de internet, lejos de la tangibilidad.
Pese a esto, una cámara analógica point and shoot que utilizaba con sus amigos, dio inicio a lo que sería su profesión hoy en día. Después de cinco años detrás del lente, podríamos decir que su trabajo es un baile entre lo cotidiano y lo marginal, entre lo documental y lo editorial, o entre sus vivencias y las del resto. La fotografía de Choko es un reflejo de su infancia, de todo aquello que vivió entre los cerros de Viña, en las calles de San Bernardo, de Estación Central, de Pudahuel, o de Buenos Aires, entre todos los espacios que ha habitado. Sin ninguna intención de inventar situaciones o escenarios, la fotógrafa hace del cotidiano chileno un espacio editorial que honra la memoria.
CHOKO LATIN: Yo creo que he podido llegar a este reconocimiento porque he trabajado mucho bajo la insistencia de lo análogo y de mostrar lo que pasa en la calle.
La búsqueda de la fotógrafa va mucho más allá de una simple captura, sino que tiene como objetivo construir un vínculo, intervenir, hablarle a la gente, construir un grado de complicidad a través de la fotografía. Cree que la actitud de sus modelos es genuina, y va de la mano con la confianza que transmite.
En movimiento
Podríamos decir que es extrovertida, que es dinámica, que su personalidad es magnética, que es curiosa, que es observadora, Choko es tantas, tantas cosas. Sin embargo, es todo menos estática. Ha construido su vida y su identidad creativa en base al movimiento. Es en el desplazamiento en que ha aprendido a mirar con determinación y detalle.
Con respecto a su nombre, pretende guardar el misterio, pero su sobrenombre repunta a su infancia. De tez morena y de cuerpo pequeño, su familia y sus amigos le decían “Chocolatín”, a modo de referencia a los chocolates individuales que había en las cajas del supermercado: “Normal, muy chileno decir cosas por el aspecto físico. Siempre me encantó Choko, me gustaba que no supieran quién estaba detrás de ese perfil. Y Latin calzaba con ese juego de latino”, afirma.
20s: ¿Desde dónde observas el mundo y cómo se relaciona con tu oficio?
CL: Lo observo desde la cotidianidad. Es el motor que me inspira y que creo que se refleja harto dentro de la línea editorial que tengo. Sea publicidad o sea moda, el documental es algo intrínseco con mi trabajo. Tiene harto que ver con el estilo de vida que he llevado desde pequeña, porque nací y viví en Viña, en el cerro, pero también viví en San Bernardo, Estación Central, Pudahuel Norte, Salvador, en Argentina y… soy un poco pirata.
20s: ¿Nos puedes contar de la situación pirata? ¿Por qué te has movido tanto?
CL: Es, un poco, mi historia de vida. O sea, familia disfuncional, papás separados, me crió mi abuela, mi papá, mi mamá y mi tía. Habitaba mucho la calle desde pequeña porque la vida en la quinta (región) es tranquila. Siento que es distinta a Santiago. Full que andábamos en la calle desde que teníamos seis años, teníamos clubes, nos inventábamos escenarios imaginarios y andábamos en las quebradas buscando las pelotas en los partidos de fútbol. Entonces, por ahí yo creo que me gustó harto salir. Fui muy curiosa siempre.
La piratería se entiende como el robo armado que se le hace a una embarcación. Si bien, Choko no se dedicaba al robo, pareciera que metafóricamente sí lo hacía. En cada espacio que habitó, se apropió de ciertos contenidos que hacían sentido en su obra y los reinterpretó libremente para desarrollar una línea gráfica que resonara dentro de sí.
Según ella, en la carencia siempre vio un espacio de creatividad. Durante su infancia todo se solucionaba a través del arte y las manos. Si le gustaba una casa de muñecas de una multi-tienda, su padre la hacía con madera. Si no había dinero para el panorama del fin de semana, recorrían Santiago y sus museos o jugaban con greda. Bajo la mirada de su viejo, jamás hubo espacio para aburrirse si con la mente podían jugar, he ahí su vínculo con el arte.
Asimismo, cree que la vida suele ponerla en situaciones interesantes, pues cada vez que llega a un lugar sucede algo que puede retratar.
20s: En tu trabajo siempre están pasando cosas, como la Quema de Judas en Santa Inés, ¿tú buscas o investigas sobre los eventos? ¿O simplemente aparecen?
CL: No, yo creo que tengo una bendición a que me sucedan. Siempre me pasan cosas mágicas; Por ejemplo, cuando estaba por Tánger-Tetuán (Marruecos), llegamos al Airbnb y era de una chica lesbiana productora de fiestas tecno. Una mujer que vive libremente en Marruecos, gracias a Dios. Ahora iré a documentar su fiesta allá.
20s: Hubo un momento el año pasado que estuviste harto tiempo fuera, ¿qué estabas haciendo por Europa?
CL: Llegué porque en el fondo quería expandirme, nunca había ido al viejo continente y quería llevar este sello o identidad a otros lados. También tenía como objetivo encontrarme con estas personas latinas sobreviviendo en una cultura distinta. Me dediqué un poco a vivir, a documentar los lugares en que estuve, y siempre aparecían eventos o situaciones que podía fotografiar. Por ejemplo, hice una editorial para la marca de un amigo y fuimos a San Roque, que es donde vive la comunidad gitana a las afueras de Barcelona. En ese lugar hacen un enfrentamiento de aves, y yo pensaba que las hacían pelear, pero es una competencia de su canto. La que dura más cantando, sin pelear o aletear, gana. Todos los lunes se juntaba la gente a entrenarlas y yo decía ‘ya, vamos’.
Nona
En 2018 se dedicó a estudiar baile, pero después de unos meses debió dejar este camino, pues el precio de la educación en Chile le impedía estudiar la carrera de sus sueños. Por lo que empezó una nueva meta: trabajar para ir a aprender a la capital de Argentina.
Fue en Buenos Aires que –frente a las adversidades de la vida– su rumbo creativo tomó un giro. Cuando llevaba solo un par de meses estudiando danza del otro lado de la cordillera, recibió un llamado en que le decían que su abuela estaba enferma y debía cuidarla. Volvió a Chile a cuidar a su nona: “me di cuenta de que no había generado tantos registros en el proceso en que la cuidé y estuve con ella. Entonces luego de vivir este duelo, tras su muerte, empecé a habitar harto la calle y a estar mucho tiempo en ella, en búsqueda de documentar cosas”.
20s: Y retomando un poco esta idea de que tu obra se relaciona mucho con la tercera edad, ¿tiene que ver con buscar a tu abuela en la foto?
CL: Sí, total. Yo creo que es un acto reparatorio. Tanto para mí, como para la gente, porque incluso siento que es hasta contestatario como con las redes sociales y los celulares. O sea, hay un archivo (de fotografía impresa) importante en mi familia y de cierto año en adelante —en relación directa con el inicio de la digitalización— desaparece. Una vez que aparecieron los celulares dejó de producirse ese material. Creo que a todos nos pasa un poco lo mismo y empecé a darle vuelta a eso. Tengo amigos que no tienen fotos con sus abuelas. Así que empecé a hacer estas editoriales con gente cercana para regalarles también ese momento.
20s: ¿Y se te acerca gente en búsqueda de retratar a sus abuelos?
CL: Sí, mucha gente me habla como, “oh yo quiero”. De hecho mañana tengo que hacerle fotos a una persona que no conozco. Yo le dije “no, a la vuelta de mi viaje” y me dijo “es que yo no sé si mi abuela esté viva”, así que decidí ir. Viene desde ahí, regalar ese recuerdo.
De esta manera es que nacen sus editoriales “NONO”, “NONA” o “MÁMA”, entre todas las que respetan al parentesco o a la familia. Una historia que la fotógrafa encarna y busca dar espacio y tribuna a los adultos mayores, que normalmente quedan aislados de los relatos. Una reinterpretación e invitación a la tercera edad, a ser parte y protagonista de algo que les permite recibir el valor que merecen. Por esta razón, quiere llevar su proyecto a su próximo viaje a Barcelona: “me gustaría meterme de lleno al mundo de los libros y de la exposición. Ojalá poder mostrar mi proyecto ‘NONI’”.
Performance viva
Hay cierto sabor agridulce en la petición del desconocido que le pidió fotos con su abuela porque no sabe si a la vuelta del viaje estará viva, y ese mismo sabor se repite para la fotógrafa a la hora de tomarle fotos a sus amigos disidentes. Este acto sirve como memoria y resistencia, es una forma de mostrar y dar espacio a aquellos miembros de la comunidad que se enfrentan a un territorio hostil.
20s: ¿En qué momento nacen estas ganas de ser la representante de todos aquellas personas que han quedado en los márgenes de la historia?
CL: Siempre he sentido las ganas de fotografiar lo marginal. Yo era pareja de una persona que participaba en la escena ballroom. Incluso estaba transicionando en ese entonces. Obviamente dije, bueno, tengo que documentarla. También me sucedió con mis amistades. Me pasa un poco la misma situación que ocurre con las personas de tercera edad. A la disidencia uno no sabe si las puede volver a ver cuando salgan a la calle.
Encontró un espacio de interés en el mundo del travestismo, sobre todo a través del ballroom: “Los maricones son una performance viva. Salíamos a carretear y era como hueón te veí increíble. Ahí empecé y no paré, como que me obsesioné. Sacaba, sacaba y sacaba fotos. El día después de una fiesta, le decía a mis amigos, tipo: ‘¿Ya qué hacemos?’ Se vestían e inventábamos una editorial”.
Tres aspectos
Hay algo del puerto de Valparaíso que Choko refleja en el lugar que sea. No importa si su trabajo es en Santiago, en Barcelona o Marruecos, es su manera de reinterpretar aquellos momentos que vivió en la infancia y de construir narrativas que hagan sentido en su cabeza. Es por ello que de su ciudad natal incorpora directamente tres aspectos primordiales en su obra.
20s: ¿Te gustaba vivir en Viña?
CL: Me encanta Viña, por mí viviría allá. Igual, yo creo que todos. Pero acá está el trabajo. Me encanta el puerto. Creo que también por ahí tengo como un rollo con eso de la calle, la bohemia y lo romántico que tiene la quinta región…
Como si fuera un gran barrio, sus editoriales, que a la vez son documentales, cuentan historias cercanas entre sus personajes. El minimarket, la mujer mayor mirando hacia afuera de la ventana enrejada, los cigarrillos cómplices en la verma, los partidos de futbol, la ropa colgando, entre otros elementos que funcionan como radiografía de la sociedad chilena. Choko reinterpreta la intersección entre la calle, la bohemia y lo romántico a través de su cámara.
20s: Tu trabajo, según yo, tiene mucho de esos tres conceptos.
CL: Sí, total. Como esa sensibilidad y meterme en la intimidad de la gente. Tiene un poco que ver con el lugar de donde vengo, que genera mucha comunidad y organización. Sí, allá (en Viña del Mar) la gente se reconoce en la calle. Acá no pasa tanto eso.
Cicatrizar
Un registro como gesto de resistencia; una manera de devolver a la tercera edad, a las disidencias, a los márgenes sociales, la visibilidad y el valor que les suelen negar. Entre las calles y los almacenes, Choko logra sanar heridas y permite que la fotografía se convierta en un acto reparador.
20s: Y con respecto al futuro, ¿qué esperas?
CL: Tengo un proyecto, que aún no está arriba, que indaga y habla del lenguaje a través del cuerpo. Experiencias, traumas y condiciones. Llevo más de tres años trabajando en esto. Son personas que tienen algo que contar y se refleja a través de su cuerpo. Pueden ser hemangiomas, soriasis, quemaduras, cicatrices, situaciones políticas, autoflagelación, entre otros. La piel es el órgano más grande del cuerpo y el que más narra lo que sentimos. Cuando algo te emociona, se te eriza o si estás con depresión o adicción, se ve en los colores o en la sequedad. Tiene que ver con eso. Me ha constado soltarlo o parir esto que estoy gestando.
20s: ¿Cómo describirías este trabajo
CL: Sensible.
Si antes su lente pretendía narrar ausencias o recuerdos familiares, hoy apunta hacia cuerpos que llevan inscrita la experiencia. En ese acto, Choko busca un archivo sensible que permite recordar y permanecer. Pero, por sobre todo, busca un poco de su nona en cada foto.