Como una oda a la nostalgia, el trabajo de la diseñadora Catherine Miller se ha convertido en un ícono entre las marcas de confección nacional. En sus prendas proyecta la energía de una pieza vintage, pero realmente ocultan una historia íntima, una que narra pedazos de su vida.
El tiempo se va y la vida pasa rápido, es similar a estar sentado en una sala de espera, en que los minutos pasan y la vida se siente como un reloj en reversa. Dos años atrás, un sábado 10 de junio, la diseñadora de su marca homónima “C. Miller” preparaba lo que marcaría un antes y un después para su firma. Un cruce entre performance, instalaciones artísticas y modelaje dio forma a Waiting Room - Sala de espera, un desfile para presentar su colección de otoño/invierno 2023.
Triturar, leer, contestar el teléfono y caminar. En un galpón industrial situado en el Persa Biobío, las modelos desfilaron a paso lento e interactuaron con distintos objetos que simulaban un día de oficina. Una referencia de la artista hacia el paso del tiempo. Hay algo de terror en este pensamiento, de enfrentar la realidad de que un día más es un día menos. Pero como todo gran agente creativo, Miller logró transformar ese miedo en algo hermoso, en una propuesta que invitaba a la escena chilena a poner los ojos sobre su trabajo.
No se definiría como una apasionada por la moda, sus intereses no radican en la alta costura o en las piezas de archivo. En cambio, Catherine Miller (32) busca hacer colecciones que encapsulen una memoria. No importa cuál sea la prenda, hay un pedazo de distintas etapas de su existencia en ellas. Si hablamos del Tank Top Wish, es un recuerdo de su cumpleaños número 30. Si es una polera con brillos, es una referencia hacia su primera obsesión de niña, los detalles en el vestuario y si es su clásica polera de gato, es su fiel compañero, que estuvo a su lado durante más de quince años.
Actualmente, Catherine vende sus productos en Santiago, México, Nueva York y Australia. Cuenta con su propia tienda y café, llamado Piso 2, en la Galería Drugstore, y tiene muchas pretensiones de seguir buscando territorios para expandirse. Sabe de dónde viene y hacia dónde va. Quizás ahora está un poco más tranquila con respecto al paso del tiempo; Cathe ríe y se enorgullece de lo que ha creado pues, más que una marca, es un archivo de lo que ha sido su vida de 2016 en adelante.
Nueve años después, su vida –sin duda– ha dado un giro rotundo, pero hay algo que se ha mantenido intacto y es la emoción que siente al ver alguna de sus prendas en la calle.
Fotolog
Desde niña, Cathe recuerda sentir fascinación por los detalles que tenía el vestuario. El brillo y los apliques metálicos, la plataforma de unas sandalias, los muestrarios de piercing en ferias artesanales, el olor de la tienda Cacao o la ropa diminuta de Barbie. Destellos que más tarde se transformarían en un lenguaje propio dentro de sus colecciones. “Me gusta reivindicar esos recuerdos, volver a mirarlos desde otro lugar. Lo que me fascinaba a los seis años lo vuelvo a usar ahora, pero no de una forma infantil, sino desde una mirada adulta”.
En su familia no hubo mayor cercanía ni mirada hacia las artes. A pesar de que su abuela se dedicaba a la costura, no creció mirándola en su taller, ni tampoco le enseñó a utilizar la máquina de coser.
Aún así, los tres hermanos Miller Zepeda se dedican al área creativa. John, el mayor, es arquitecto; Isidora, la menor, es artista visual. Catherine ha trabajado con ambos a lo largo de su carrera, en colaboraciones que refuerzan esa idea de familia como motor creativo.
20S: Tú mencionas que no había familiares artistas, ¿a qué adjudicas la creatividad de ustedes tres?
CATHERINE MILLER: Tiene que ver con que mis papás nos fomentaron mucho ese lado. Mi papá siempre me incentivaba a hacer cualquier cosa que me gustara, pero me decía que fuera la mejor y que lucrara a través de ello. Si pintaba, me decía que vendiera. Si hacía murales, que cobrara. Nos dieron mucha libertad y fueron muy apañadores.
Desde muy pequeña estaba acostumbrada a trabajar con Photoshop o Illustrator, por lo que pensaba que el diseño gráfico podía ser su profesión ideal, pero dudaba entre las opciones textil y de interiores.
20S: Considerando que todas tus destrezas estaban más ligadas al área gráfica, ¿por qué te fuiste por el vestuario?
CM: Se puso muy de moda estudiar Diseño Gráfico. Toda la gente con la que yo hablaba iba a estudiar eso. Creo que fue una carrera que estuvo de moda. Fue casi por descarte. Pensé: “Gráfico va a estar colapsado, no voy a tener trabajo. Mejor vestuario”.
Y sin duda fue mejor. En la universidad aprendió desde cero la historia del vestuario y la moda. Al mismo tiempo, se confirmaba algo que ya intuía: su estética estaba clara desde el comienzo.
CM: Tenía muy claro el tipo de ropa que quería hacer y lo que quería lograr, cachái. Cuando entré ya sabía por dónde iba, tuve la misma estética hasta ahora. Ha cambiado, obviamente, pero nunca radicalmente.
20S: Es más un progreso.
CM: Sí, y una búsqueda constante de mantener un look fresco.
Volver a empezar
Al principio, sus diseños estaban marcados por las tendencias de la época e influyó su práctica profesional en Galería Drugstore: los tonos mostaza y los cortes con pinzas. Era lo que circulaba en su ambiente y también lo que vio en su entorno laboral, pues trabajó con una diseñadora de ese estilo. Catherine absorbía y replicaba, pero al mismo tiempo mantenía un hilo propio.
Durante cuatro años, estuvo trabajando y a la par confeccionando su propio vestuario. Pasó por un puesto de diseñadora de vestuario de retail en que estaba todo el día en una oficina revisando fichas técnicas de ropa traída desde China y armando plantillas de Excel. Fue vendedora, se dedicó a la ilustración y hacía trabajos de diseñadora gráfica.
Llegó el 2020 y Catherine decidió dejar de lado el vestuario frente al cansancio y la frustración de los altos costos de producción en Chile.
20S: ¿Por qué querías dejar de lado C. Miller?
CM: Es muy difícil, por plata principalmente. Estaba muy pobre en esos tiempos, agarraba pegas varias. Tuve una crisis creativa, no se me ocurrían cosas, me sentía constantemente en un “¿qué estoy haciendo?” y me sentía desmotivada. Aparte soy súper lenta en moldaje, me demoraba un mes en una prenda y no llegaba a los resultados que quería. Avanzaba en un ritmo muy lento, porque al principio trabajaba sola. Yo hacía todo. Fue desmotivante. Y nada, empecé a ver otras opciones de pega, como ilustración, retomar lo otro que me gustaba. Pegarme a cosas gráficas, que siento que se me dan bien. Y en un momento dije: “A lo mejor me estoy equivocando, quizás debería tirarme más por este lado”.
20S: Haciendo todo, todo lo posible.
CM: Sí, me dediqué a pintar, a ilustrar piezas, a hacer de todo. En verdad ya no podía seguir así. Sentí que necesitaba crear un emprendimiento, algo más tangible, decidir qué hacer.
20S: Sobre todo en ese momento de encierro en que todo era confuso, y ¿cuándo dices “ya es hora de volver”?
CM: Me di cuenta de que tenía mucho tiempo, me puse a hacer cosas experimentales, teñí telas y entré en un mundo influenciado por la pintura que cambió las cosas. Teñí la ropa con un rociador y a ese producto le fue muy bien, era un top de colores degradados. Mi roomie de ese entonces, la Titi, es diseñadora gráfica, y me dijo: “bueno, hazte una página web”. Y yo le decía, es que no tengo plata. Y me dijo: “yo te la hago”. Y me la hizo, obviamente me cobró mucho más barato. Creo que fue ahí, cuando puse la página web. Podía estar haciendo otras cosas, no estar respondiendo al teléfono para vender las piezas.
Ese reencuentro con el oficio marcó un nuevo inicio. Lo que había nacido como un experimento casero, casi una manera de sobrellevar el encierro, terminó por definir la estética de C.Miller en adelante. La pandemia, que a tantos paralizó, para Catherine fue el catalizador que necesitaba.
Se acabó la espera
Durante años hemos mirado los desfiles de moda y las pasarelas como algo propio de las Fashion Weeks internacionales, y la elaboración de ellos en Chile no había apostado –hasta ese entonces– por una propuesta democrática e integral.
En el país se tienden a realizar eventos comerciales para mostrar colecciones de traje de baño, marcas deportivas o simplemente eventos reducidos y exclusivos para ciertos grupos. Asimismo, en estas pasarelas no se toman en cuenta ciertos detalles mínimos que pueden cambiar el juego en su totalidad. Sin embargo, Waiting Room - Sala de espera, realizado en junio de 2023, ofreció mucho más.
La idea de Miller fue construir una propuesta que abordara más que el vestuario: investigación, coreografía, performance, exposición, música, locación y mucho más. Así, construyó una colección de 33 piezas que reflejan el paso del tiempo, su gran obsesión.
20S: ¿Y te cambió la vida un poco ese desfile?
CM: No, no me cambió la vida, pero sí cambió la forma en que la gente veía la marca. Yo pensé que no iba a ir nadie, y llegó mucha gente. En su momento pensé que había sido un evento más, pero pasó mucho tiempo y la gente todavía me habla del desfile.
20S: ¿Cómo lo recuerdas tú?
CM: Me encantó, salió perfecto según yo. Trabajé con una de mis mejores amigas, la Domi, y cuando terminamos y salió perfecto, ella se puso a llorar y yo me puse a llorar porque me emocionó que ella se emocionara con mi trabajo. Y como que habíamos puesto tanto esfuerzo en hacer todo. Y no sé, salió perfecto, se llenó, la música estuvo increíble y las instalaciones también.
La recepción fue inmediata: la crítica lo celebró y el público lo recordó. Hasta hoy, dos años después, la diseñadora se sorprende cuando le mencionan este hito. Desde ese momento, sintió que ya se había posicionado y su nombre resonaba dentro de la escena cultural, lo que dio inicio a una era de libertad en cuanto a creación, permitiéndose a sí misma un archivo textil.
Piso 2
Sus piezas fueron apropiándose poco a poco de la ciudad. No es casualidad ver el clásico estampado de “C. Miller Waiting Room” o su falda “Monti” al caminar por Santiago, pero la ambición de la creadora siempre fue expandirse hacia nuevos territorios, tanto aquí como en el resto del mundo. Por casualidad, en 2019, una de sus mejores amigas se fue a vivir a Ciudad de México y quedó fascinada con una metrópolis que en un principio no le interesaba. “¿Por qué me iría a algún lugar tan similar a Chile?”.
Claramente se equivocaba, pues quedó enamorada desde un inicio y decidió retornar. En su segunda visita –durante 2022– llevó prendas para dar a conocer su trabajo en una ciudad nueva. Fue tal el éxito de su primera venta en un pop up que se llevó a cabo en la tienda Marsella 68 que tomó una decisión: irse a vivir a la capital mexicana.
En medio de su investigación para expandirse en estos nuevos territorios, se dio cuenta de que Chile carecía de un sistema que estaba altamente implementado por allá: el café que funciona como tienda y a la vez galería. Si bien ya había montado un showroom al lado de su taller que reunía a distintas tiendas del estilo, quería apostar a un negocio que ella no había encontrado en Chile.
20S: ¿Y cómo llegas a instalarte en la Galería Drugstore?
CM: Se lo había comentado al curador hace un par de meses, pero sin muchas intenciones. Quería tener mi tienda, pero sabía que no la podría pagar. En el Drugstore hay una lista de espera para tener una tienda. Yo estaba en México y me llega un mensaje de él: “Cathe, ¿todavía te interesa tener una tienda?”. Así que le dije que sí, sin pensarlo mucho.
20S: ¿Cómo fue el proceso de armar una tienda desde cero?
CM: Muchos altos y muchos bajos, en un minuto nos atrasamos y el día de la inauguración estuvimos hasta último minuto arreglando cosas, porque no llegaba el mobiliario, pero lo logramos. Luego de una semana de funcionamiento pude procesar lo que estaba pasando y empezar a disfrutar el proceso. Vi que la gente iba muy orgánicamente y me relajé. Ahora lo disfruto mucho, y también tiene que ver con la gente que trabaja ahí.
Pese a que su mudanza a Ciudad de México se pospuso, el camino le fue abriendo otras puertas. Es la marca la que comenzó a viajar antes que ella y está vendiendo en Australia y Nueva York. Más que un cambio de escala, fue la confirmación de que su proyecto tenía la capacidad de sostenerse fuera de su entorno inmediato. La internacionalización dejó de ser una idea lejana para convertirse en parte concreta del crecimiento de C. Miller.
Nueve años
Tras casi una década, hay mucha trayectoria por delante. Son nueve años en que ha vestido a la gente y este año comenzó con el desafío de caminar junto a sus clientes, a través de distintos modelos de zapatos.
20S: ¿Cómo defines tu trabajo hoy, ya más consolidada y con presencia afuera?
CM: Me encanta lo que hago y me siento muy afortunada. Siempre me entusiasma inventar cosas nuevas: un gorro, una chaqueta, zapatos. Y actualmente que la marca está más posicionada y tengo herramientas, incluso practicantes, es mucho más entretenido. Antes era un poco para sobrevivir: “tengo que vender ropa”. Ahora también, obvio, pero puedo estar más tranquila y crear desde otro lugar.
Cinco años atrás, quiso retirarse completamente por el temor de que ya no quedaba creatividad para hacer sus piezas. Con una tienda y presencia en cuatro países, hoy apunta por llevar la delantera en el mundo de la indumentaria.
20S: Dijiste que tenías muchas metas, ¿cuál es el camino, tanto para Catherine Miller como para C. Miller?
CM: Quiero llegar a nuevos destinos. Japón es mi meta. Después, creo que el desafío es mantener la frescura, reforzar la identidad y sostenerse en el tiempo. Uno va creciendo, se empieza a vestir distinto, más adulto y no quiero que mi marca envejezca conmigo. Quiero que se mantenga ahí, vigente. El otro día, por ejemplo, llegaron unas señoras de 50 o 60 años y se estaban probando mi ropa. Les encantó. Eso me fascinó: que alguien de esa edad se viera bien, y que al mismo tiempo gente de 20 use mi ropa porque le gustan los diseños. Que sea transversal generacionalmente, lo encuentro bacán.
Sea quien sea que lleve su prenda, la sensación sigue siendo igual, pero en su polera de gato sigue viendo la inmortalización de un recuerdo que le emociona. En medio de su taller, Cathe ríe y los minutos pasan, como siempre, demasiado rápido. Después de nueve años, Catherine Miller sigue creando desde ese impulso inicial: transformar lo cotidiano en memoria y lo personal en algo que todos pueden llevar puesto.