“El deseo acopla constantemente el flujo continuo con objetos parciales que son, por naturaleza, fragmentarios y fragmentados” (Deleuze y Guattari, 1972).
Esto es de todo, menos un llamado amable y optimista a ser mejor, a ser libre, o a no mirar al lado, porque de esa manera se encuentra el camino a la tranquilidad total. Una vuelta como esa, llena de entusiasmo no es necesaria, pues ya sé que soy peor que ustedes.
Dentro de las cosas que hemos aprendido a entender como odiosas, la comparación resalta como una de las primeras. Y con justa razón, tomando en cuenta lo nociva que puede llegar a ser con tanta facilidad, justamente por lo complejo que es atenderla con cuidado. Sin embargo, en ésta aparece algo importante que, a ratos, puede ser olvidado. Resulta que la comparación es imprescindible para organizar el deseo, ya que nos hace saber qué es valioso y qué puede descartarse y, por tanto, qué es eso que vale la pena tener, o qué objetos merecen ser adquiridos con urgencia, y también qué experiencias nos prometen sentir la vida de manera intensa y, por lo mismo, servirán como grandes memorias a las que acudir en el futuro. En definitiva, según a lo que se le preste atención, existe cierta guía o reglas no escritas para validar esos deseos.
Vestir la chaqueta que todos usan, pero de manera auténtica, ir a bailar a cierto club, salir de Chile para mostrar tu música en México, o destapar una botella de espumante frente a las puertas de la universidad.
Para el camino que se elija hay, digamos, ejemplos de qué hacer, y aquellos son los que operan de acuerdo a la comparación.

De cualquier modo, sería un gesto ingenuo y apresurado señalarla como un defecto moral, ya que es en definitiva tan necesaria como inevitable y, por lo mismo, imposible de eliminar. Si la comparación es una pieza clave para construir el criterio de lo que se desea, cabe cuestionarse por qué se anhela cierta cosa en particular y, por lo demás, qué creemos que nos promete dicha cosa.
Por un lado, querer algo está estrechamente ligado a lo que, imaginamos, podría retribuirnos una vez lo conseguimos. Pocas veces el deseo parte de adentro hacia afuera, ya que un objeto o una experiencia, pueden no generar nada por sí solos, pero ver que allá afuera producen atención y deseo ajeno, empiezan a cargar valor a la idea de tenerlos. El filósofo y crítico literario francés René Girard, al analizar la estructura de grandes obras de literatura occidental, concluyó en 1961 que autores como Cervantes, Dostoyevski y Proust ya describían intuitivamente que los personajes deseaban imitando a un otro. Planteó así la teoría del deseo mimético, argumentando que el deseo no es lineal sino triangular, o sea que no deseamos el objeto por sí mismo; en lugar de esto, siempre hay un tercero, un “modelo” que lo vuelve deseable. Claro está que todos queremos movernos dentro de lo deseable, cosa que por lo demás ya se entendió que no implica ser perfecto.
Hoy vale más ser auténtico, y ojalá que no se note la preparación y el intento que implica elaborar esa supuesta naturalidad. Cuanto más genuina se muestre esta cosa, más deseable parece ser, ya que así es mucho más fácil pensar que, efectivamente, estamos viendo la realidad. Lo que en definitiva es una trampa si nos damos cuenta de que al consumir imágenes, no deseamos la cosa en sí. De lo que en realidad nos enamoramos es de lo que esta proyecta. Nietzsche advierte en el ocaso de su vida que “no hay hechos, sólo interpretaciones” y, en suma a sus palabras, abrir a ciegas la puerta del deseo gatilla emociones tan fuertes que pueden llevar a un sufrimiento silencioso, precisamente porque cuesta admitir que una imagen ajena pueda afectar tanto.
La comparación mal administrada secuestra al deseo propio y lo convierte en administración de imágenes, lo que luego lleva a tomar acción; enciende los motores y lleva por sinuosos caminos a tratar de encontrar una experiencia que se asemeje lo más posible a aquello con lo que se sueña. Es una suerte de síndrome de París: se destruye la idealización frente a una realidad que la fascinación hace pasar por alto. Y así de repente se vuelve una realidad completamente probable invertir tiempo y plata, al cuerpo y su tranquilidad, para que todos sepan que haces cierto deporte, lees a cierto autor y viajas a cierto destino. Todo por otorgar a las imágenes un rol de brújula en la vida.
El filósofo francés Guy Debord ya anunciaba en 1976 que “allí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales, en motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico”.
Hecho que en cierto grado resulta agobiante al salir allá afuera y darse cuenta de que en casi cualquier ángulo y rincón donde se mire, incluso más allá de lo digital, este fenómeno está presente. En eso que esperan que estudies, o en el dolor de estómago que a algunas mentes les genera ver que sus amigos están empezando a contraer el sagrado matrimonio.
Aún más trágico es pensar que de los múltiples modos en que se puede dar, la nostalgia resalta irónicamente por pasar desapercibida. Es la última comparación: el FOMO ante lo que nunca podrá ser alcanzado por estar cristalizado en el tiempo. Y, por lo mismo, es sufrimiento por un deseo inalcanzable, que tiene a esta generación fascinada por vestir de archivo, o presionar botones de máquinas obsoletas y obtener un cierto acabado en las imágenes, irónicamente a través de tecnología que se utiliza en el presente. Simon Reynolds anticipó en 2011 que las nuevas generaciones “en vez de ser pioneros e innovadores han cambiado de rol y ahora son curadores y archivistas”, lo que es tan triste como desesperante, pues palabras con tanto peso en la historia como el Renacimiento o la Vanguardia se petrifican hoy frente a un deseo gatillado por una comparación, aparentemente más dulce, de que más que seguir a la idea de que “todo pasado fue mejor”, busca reflejarse en ese pasado mitificado, que tiene todas las de perder frente a un presente en el que el ocio se reserva al consumo y el sufrimiento se entiende como una falla personal. Ante aquello es natural enfrentarse a un futuro sin mapa.
Después de todo el recorrido hasta aquí, lejos de pretender derribar la comparación, se aventura a mostrar que una parte importante de los afectos podrían estar mediados por deseos que jamás elegimos del todo. En caso de eso ser cierto, la salida no está tanto en dejar de compararse desde lo que se deja ver en los otros, pues ser peor que ustedes es aprender a desconfiar en aquello que a ciegas aprendimos a querer producto de la comparación.
La comparación hoy está obligada a moverse entre ideas fragmentarias que fácilmente logran tomar por los brazos al deseo, llevándolo a su gusto por cualquier camino.
Pese a poder tomar una postura ante esto, no dejo de pensar en que frente a la nostalgia, en clave de Mark Fisher, “no hay alternativa” (2009). De cualquier manera el gesto más respetuoso para con uno mismo que se me ocurre dejando de lado la inevitabilidad de desear mirando al pasado, es traicionarse y desobedecer lo que creemos que en realidad queremos. Si la comparación se incluye por default en el juego, esa desobediencia podría estar oculta en aquellos deseos que se suprimen por no resultar tan decorosos, tan subibles, tan considerables como logros según lo que establece la familia o por el checklist que ofrece la publicidad y el cine para cerrar los pendientes de una vida estética y exitosa. A veces el deseo más puro es el menos rentable socialmente y justamente por eso se le deja oculto pero, a mi entender, es mucho más conveniente autosabotearse e ir en contra de eso que hemos aprendido a desear.
Ahí en el rincón aún sin explorar de esa ciudad que todos visitan, también puede estar la postal perfecta para publicar en el feed.


